El aire de Lima siempre ha tenido la densidad del mito. En estos días de invierno tardío, mientras las estatuas de bronce del Centro Histórico parecen sudar una neblina densa y gris, el país entero contiene el aliento. En las altas esferas del Palacio de Gobierno, el tiempo se ha detenido en una balanza mágica donde Roberto Sánchez y Keiko Fujimori disputan —voto a voto, grano a grano de arena del desierto costeño— una presidencia de la República que se estira y se encoge como un acordeón invisible.
Fue precisamente en medio de esa tregua suspendida en el cielo limeño cuando ocurrió el prodigio. Las pantallas de cristal líquido de miles de teléfonos celulares, vibraron al unísono con una frecuencia telúrica. No era un rayo ni un temblor, sino un anuncio en TikTok. Desde el éter digital, emergió la silueta incombustible de Ricardo Belmont Casinelli. El dos veces alcalde, desafiando las leyes de la gravedad biológica y el desgaste de los calendarios, anunció que a sus 82 años volvía a convocar a los espíritus de la construcción bajo los estandartes dorados de su mítico partido político, «Obras».
Su última aspiración política no es un simple deseo; es un pacto con la memoria de la ciudad para el próximo 4 de octubre de 2026. Al conocerse la nueva, los algoritmos de las redes sociales, que hasta ese instante dormitaban en una oferta electoral predecible reducida a los nombres de Francis Allison, Carlos Bruce y Susel Paredes, sufrieron una conmoción cuántica. Los hilos de la red se tensaron. Los analistas, habituados a la fría aritmética de las encuestas, recordaron de pronto que en el cuadrilátero de la historia urbana «el Hermanón» no es un candidato corriente: es un peso pesado, un coloso que camina entre las realidades y las leyendas.
«La ciudad no se mide en años, sino en las venas de concreto que le devuelven la vida al caminante», parecieron susurrar los viejos viaductos al paso de la noticia.
Dicen los ancianos del Jirón de la Unión que cuando Belmont habla, las antiguas ondas radiales de «Habla el Pueblo» resuenan en las fachadas barrocas, y que el eco de la Teletón todavía tiene el poder de ablandar los corazones de piedra de las gárgolas coloniales. El candidato que en las últimas elecciones generales demostró que su sombra electoral seguía viva al sembrar en el Parlamento quince diputados y cuatro senadores, busca ahora el retorno definitivo a su gran amor: el sillón municipal.
No es para menos. En los cimientos mismos de la urbe habita su magia de ingeniero del destino. Los puentes y las avenidas que brotaron de sus manos en los años noventa parecen haber cobrado vida propia. El By Pass Los Cabitos, en el Óvalo de Higuereta, late en las noches como un corazón subterráneo; el paso a desnivel de la Plaza 2 de Mayo canaliza las corrientes de los vientos del norte; el Intercambio Vial El Trébol distribuye los automóviles como si fueran cartas de un tarot urbano; y la monumental Avenida Universitaria, extendiéndose a lo largo de múltiples distritos, sigue siendo el río de asfalto que permitió a más de 7.5 millones de almas cruzar la gran Lima de un solo parpadeo.
Así, mientras el sol de octubre empieza a dibujarse detrás de los cerros orientales, el Hermanón se prepara para su última batalla. No va al encuentro del poder, sino al reencuentro de una promesa grabada en los bypasses, en los puentes y en los rostros de una Lima que, entre la realidad y el milagro, siempre vuelve a escuchar su voz.
JCR
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